domingo, 18 de octubre de 2009

SEDAZO

Incontables días no habría de recorrer aquellas dunas càlidas que, con gestos y caricias invisibles, intentaba atraer hacia mí. Sus labios brillaban delicados, por mi insidiosa baba sobre el vaso, mientras èl, emitía fonemas, indescifrables para mí, los sentía, a su vez, febriles sobre mis muslos y culo. Las dosis del dios líquido, aumentaban y afiebraban mis senderos de fantasía. ¡Cabrazo! ¡Bésame! ¡Cabrazo ingresa en mí! ¡Sé que eres igual que yo! ¡Que me deseas! ¡Que deseas ingresar hacia aquellos parajes cavernosos, donde la furia se torna en ebulliciente efervescencia de la sed y la carne! ¡Carne contra carne! ¡Sed contra sed! Era hermoso estar a su lado rozando sus muslos mientras observábamos los muros de la ciudad y de nuestra piel, los de nuestra propia sed. El dios líquido continuaba con sus caricias por entre nuestras entrañas, mientras nosotros decidíamos, por cuentapasos y cuentavasos, cruzar aquel puente, cuando soslayábamos nuestros cuerpos rumbo a nuestro apiadado infierno de cemento y baba, en cualquier esquina, para al amanecer, sentir que, la cordura y la razón esfumaba mis deseos, y en ti, la sola presencia cercana a mí. ¡Chau Jaime! ¡Chau Félix! Al verte de espaldas, y repleto de rabia, al no haber logrado que me penetraras y al verte el culo prometía emborracharte alguna noche de los días y violarte por ¡cabrazo!


Lo que me parecía ridículo, es que, me sentía igual que, cuando deseaba a una mujer, imaginándote llegar desde cualquier lugar, imaginándote con gestos románticos hacia mí, en la vía pública, en algún refugio de alquiler, y por qué no, en tu casa, o Satán, en la mía, ahora, a quien decía y llamaba “cabrazo”, era a mí. Irónico el pene y su antípoda delante, si delante del ano, aunque, siempre se prefiera por detrás. Lleno de rabia, decidía a despecho de mi fracaso para contigo, irme con mujeres, para castigarte con mi indiferencia, claro, ello a la larga., era un premio para ti, porque ya no sentías el acoso tácito que, imagino, sabias que venía desde mi entrepierna, aunque seguro algún día, hubiera dadote el honor de hacerme debutar desde el ángulo más impuro de los que nos asestamos y avizoramos como reales “homombres”.


-Hola Félix- -¿Què tal? –Tetrallones de segundos después, de los que te dejas ver. Sì, cabro conchatumadre, me voy a costarme con mujeres para llamar tu atención y te levantas hasta a mi hermana, pero no te preocupes, yo también ya me la cachè, claro, pensaba en ti. Decía para las profundidades que deseaba para ti. -Si pues querido amigo Jaime. -Te he traído la antología de poesía albanesa, que haces lunas te prometí y sé que, te agradará. -Mira, toma, ten. -Te la obsequio. Espero que después de esto, te dejes cachar ¡cabrazo! Todo para mis adentros, deseando, que ello, sea el fondo de mis reales propósitos para contigo. -Gracias amigo Félix cabrazo, -¿Disculpa? ¿Supongo que ya estamos en confianza? Mientras me abrazaba, yo sentía su pene semi-duro cerca al mío, deseando y auto inquiriéndome, por què “mochicas”, a este extraño índice, no se le sumaba unos labios superiores carnosos. Satàn, estoy deseando a una mujer en mí, eso es corromper mi lado “homombre”.

-Vamos a “empijarnos” unas reses. -Mientras te leo unos poemas albaneses. Me dijo Jaime mientras yo le respondí a dos voces, una a cuello fuera y otra a contra dientes.

-Claro amigo Jaime, vayamos a disertar sobre la poesía emergente y homosexual limeña, perdoòn, inusual limeña. Él no pudo evitar constreñir el ceño, mientras yo respondía a su vez a contra dientes: -sì embriagueèmosnos, haber si de una buena vez te vuelvo mi mujer y te desato, cabrazo de mierda y claro, te prometo en algún instante ser el paz y vivo. Todo ello mientras èl ya, empezaba a leer esa mierda de poesía albanesa, claro pude mencionar a la de cualquier nacionalidad. Porque toda es, una real mierda.

Que prejuicioso era, fui, soy, mientras recorríamos las calles del centro observaba todas las farmacias para en el menor descuido ingresar a una de ellas, a comprar unos condones, o, còmo no, canchita, para usar la bolsita, porque con los cabros, siempre hay que cuidarse. Reía de mis silentes sentencias prejuiciosas y extrañamente precavidas.

-¿Que pasa Félix? ¿La poesía albanesa te hace sonreír? -No Jaime, lo que sucede es que, estoy recordando cuando pillé a mi hermana, alguna vez, tirando con un vecino. En silencio sentenciaba. En realidad deseaba tirármelo yo. –Hey Félix no te molesta que yo, haya “salido” con tu hermana.

–No estimadísimo Jaime. Mientras me deshacía en gestos, tratando de respaldar mis argumentos orales y abarrotaba el vaso que, servía para èl, si, èl, el cabrazo, porque, aquella noche definitiva e irrenunciablemente, yo, sería el “activido”.

-Fèlix, un toque, quiero mear. -Ya, ahí, en el poste, de paso te veo la pieza, dije en silencio y bromeaba en voz alta, ¿O las vulvas que te coges son elefantes? Comen maníes. Sentenciaba y me reía del chiste que èl, oía sin inmutarse mientras se cogìa la entrepierna y decìa. –No, yo soy un caballerito, yo no orino en la calle, dormiré en cualquier esquina, pero no, orino en al calle. Ya anda, cabrazo de mierda y orina en la pollerìa. Si Jaime, ve, yo te espero e intentaré, recordar un poema belga. El caminaba coqueto y raudo rumbo a la pollería, mientras yo, me dirigí corriendo a una botica de la Colmena para comprarme un maldito condón. Jadeante llegué hasta una de ellas. -Señor judio. -Señor, muy buenas noches, un condón por favor. -Dos cincuenta y vienen tres.

– Ya, listo. -Tome y ¿tendrá alpaz?

-Sì. -Déme tres de cinco por favor. Este cabro, hoy no se me escapa, sì hoy, dije, ansioso mientras dejaba caer las monedas que me costaron el culo.


Corrí rumbo al punto de donde lo vi partir rumbo a la pollerìa sabiendo que, era tan cabrazo que, se jabonaba las manos, con su propio jabón, que llevaba en un sexi y cabrazo morral (que, su hermana alguna vez le obsequió y que, alguna vez se me autobsequiò, pero yo, preferí, irme a la mar blanca) y se acicalaba luego de mear. Cabrazo de mierda, repetía varias veces mientras la ansiedad por cogerlo me consumía.


Cuando llegué al punto en cuestión, él ya estaba ahì. –Què, dònde estabas. Me inquirió, autoritario. –Es que me pareció ver a una dulce amiga y fui tras ella para confirmar si lo era o no. Respondí resoluto, creyendo ser certero. Él ya tenía entre sus manos otra botella cuyo dios liquido portante, incidía por emularnos en aquella noche diletante y vacía de todo.


Y, como dentro de una enrevesada polifonía, los vasos vidriados y descartables, ajados unos y rotos otros o, extraviados al arrojar el concho inexistente del licor que intentaba superponernos a nuestros propios instintos, arreaban a la noche y con ella, a nuestros cuerpos sin rumbo fijo, mientras nuestros deseos quedaban varados en lo que yo, creía una clara inconciencia, todo dentro de un extraño espiral donde me veía caer y sortear mi propia sombra y la suya. Los ojos se cierran, la noche se apaga como si las baterías de un extraño artefacto decidieran mudar su procedencia hasta que, caemos en un sopor, el cual es imposible recordar hasta que, al día siguiente o en alguno del futuro alejado, tememos que, alguien nos lo relate como un extraño cuento de terror en el que, no se es, ni el mediano héroe ni antihéroe. Si hubiera estado consiente, seguro hubiera masticado la siguiente frase: la noche se acabó y a lo único que penetré, es a mis imposibles deseos.


Desperté desnudo y creyéndome solo, en una habitación, largamente mejor a la mía, él a mi lado, también desnudo y con el cuerpo lleno de frases con tinta negra que no me detuve a leer, aunque, varias tenían el adjetivo sustantivado, cabrazo, su culo lucía ensangrentado y mientras viraba la mirada en todas direcciones, hallè una botella transparente cuyo pico también lucía restos desangre. Sentí tal miedo que, me vestí con lo que encontré a mano y abandoné la habitación sintiéndome el màs cabro de aquel rezago de la noche, y, prometiéndome que, por ninguna razón averiguaría por què, sentía un extraño dolor en lo que en èl, era la fuente de mis deseos.

Han pasado varios años desde aquel confuso incidente y desde aquèl, cada vez que hallo a Jaime en los recitales a los que èl, concurre siempre acompañado por damas, algunas bellas y otras inteligentes y yo, lleno de recuerdos, èl me observa, sonríe picaramente, pero, intempestivamente su risa se torna en signo de rabia, que yo, descifro certeramente hacia mí ¿Qué prevalecerá en él tras el tiempo? Y, siempre, termino por ingresar al baño, despliego aquel sobrecito, inhalo, las razones y la desidia de la propia vida, desempunzo mi cinturón, dejo caer mis vestiduras, luego, hundo mi dedo medio izquierdo en mi culo., nuevamente luego, y, tras una rápida pero febril fricción, eyaculo tristemente. Siempre tocan la puerta. Yo ignoro el sonido…


POR FÈLIX MÈNDEZ

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